viernes, 12 de junio de 2009

PoTC - Capítulo 2: Niebla y Seducción


Un barco de velas negras se alza en el corazón mismo de la noche. Sus luces están apagadas y su marcha es lenta. La tripulación duerme tras el agotador y monótono día que les antecedió. El capitán Barbossa parecía cansado de esperar, semanas sin ver a su mascota, el pequeño mono Jack, la respuesta ya parecía perdida.

Uno de los tripulantes quiebra la fingida paz en el camarote del Capitán.

- Capitán, los demás tripulantes nos preguntamos si ya tiene noticias… - preguntó tímidamente el maestre Ragetti, sin mirar a Barbossa a los ojos, intuyendo correctamente la manera ilusoria en que formulaba su pregunta.

- Pues aquí me tienes, apresurado por dárselas, ¡Idiota! – respondió Barbossa, hastiado.

- Si, mi capitán. – espetó Ragetti para luego retirarse del camarote de Barbossa.

El capitán Barbossa en efecto estaba hastiado, pero le abundaba un miedo descomunal. La hermandad ya casi había desaparecido, y no estaba seguro ni en tierra ni en el mar. Pensó en su última esperanza, pero debería sacrificarse para conseguir una mísera señal, cosa que no haría por anda del mundo.
Pensó en la última vez que había visto a Jack Sparrow, y se quedó por su descuido con las cartas de navegación… ya no habría forma de encontrar el Agua de Vida. Alguien más la estaría disfrutando y su astucia al quitarle el Perla a Jack no bastó para adelantársele. Él tenía la carta y su brújula.

Aún así, se consoló al reflexionar acerca del destino de la fuente de la juventud eterna. Si Jack la hubiese encontrado, la noticia se expandiría por todos los rincones del océano; Jack no se hubiese guardado el secreto para sí sólo, y ya hubiese perdido el Perla y él ya estaría en los dominios del otro mundo por su insurrección…

Barbossa subió a cubierta y se dirigió a la proa en busca de respuestas. El mar estaba desierto y oscuro. De pronto Jack, su mascota se dirigió rápidamente hacia su amo para posarse en su hombro. Barbossa se alegró y le acarició su pequeña cabeza. Revisó entre sus diminutas ropas por si encontraba algún vestigio de esperanza escrito en un pedazo de pergamino. No había nada.

Una brisa helada se hizo sentir en el malogrado rostro del Capitán Barbossa. Éste temió voltearse y permaneció quieto mirando hacia el frente.

- ¿Pretendes encontrarme o esconderte de mi, Barbossa? – preguntó una seductora voz al capitán.

- No sabría decirte, me conformo con que el rumor sea cierto – susurró Barbossa.

- Usted no tiene lo que quiero, capitán. Sólo uno puede dármelo. – expresó la voz.

- Es cierto… es como si el mar hablara – dijo resignado.

- ¿Y eso te gusta verdad? – preguntó aún más seductoramente, esta vez posando su mano en el hombro de Barbossa.

El capitán del Perla Negra no se atrevía a voltear ya que encontraría su perdición al contemplar al mundo entero en dicha persona. Lo perdería todo, pero ganaría segundos de gloria; era difícil resistir.


- No quiero mucho de ti, Barbossa. Sólo lo que me puedas entregar. – sedujo la prominente voz.

- No te lo puedo entregar… - explicó Barbossa, casi disculpándose – las cosas se dieron así y no por obra mía. Ahora me explico todo… ¿qué me darías a cambio si….?

- Lo que quieres no te lo puedo dar, mi querido Barbossa – interrumpió la voz, cuya mano acariciaba la barba del capitán – no puedes darme nada a cambio. Ni el Perla lo vale.

- Pero te sería útil… - se defendió Barbossa.


La presencia tras el capitán se rió. La armonía de su pequeña carcajada era una canción de cuna para los seres marinos que descansaban en el fondo del mar.

- Nada más que carnada, Barbossa…

El capitán se vio envuelto en una niebla cálida y sus labios se perdieron con una calidez inexplicable… era el mar y el mundo entero a la vez, lo que esperaba con ansias y temía más que a la muerte que por todos los medios esquivó.

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